domingo, 24 de febrero de 2013

EL ENGENDRO DE LA SEMANA: LO PAGARÁN CARO



El inesperado susto con que finalizó el sabroso coloquio de las casas encaramadas hizo recordar al Diablo sus otras necesidades. Así que se despidió diciendo que se iba al Carnaval de Cádiz. Me auguraba que con su tipo arrasaba siempre en estas fiestas de disfraces y que no me extrañase si tardaba en volver, porque, decía, no hay diablesa al ron cubano o monja divertida escapada del instituto que no se rindiese a sus encantos. Y buenos deben de ser, porque hasta hoy no se le ha visto los cuernos por estos pagos. ¡Ni un duque le gana empalmando carnavales!


El Diablo infiltrado en el Falla
Antes de pirarse con el rabo tieso, me dejó encargado de sus engendros jerezanos, prometiendo que cuando volviera me instruiría en otro tipo de espantajos que se dan en estos tiempos cuaresmales, que por ensueño ya teníamos encima. ¡Dios!, tiemblo sólo de pensarlo y de tener que contarlo. Pero todo sea para chafar las esperanzas a los endemoniados del Mal Gusto de Jerez de alegar ante la Justicia Divina  -la Terrena está muerta- que no sabían que llevaban dentro la semilla del Mal Gusto.

El diablo me contó, para que diera mi promesa de cumplir con su mandato, que en el Infierno esperaba a estos violadores del Arte una olla humeante. Y me contó, para que me hiciera una idea de lo que les esperaban, cómo los usureros asaltajubilados eran quemados con sus trajes y corbatas con la muy justa finalidad de calentar con su crepitante rescoldo el sobrecogedor puchero que tomaban a diario allí abajo: un caldito cocinado a base de criminales al punto de nieve colombiana y ejecutivos de banca con jet privado a las finas hierbas. Un manjar de diablos que los desestructurados chefs infernales (que los cocineros también van al infierno) maridaban con políticos untados en manteca verde, salsa valenciana de amiguitos del alma y jueces bien cohechos (que no bien cocinados). Por verlos así, yo dí mi palabra al diablillo de que lo contaría todo, todo.

Dándole vueltas a esto de crisis económicas y de valores, que una va unida a la otra, como de manera premonitoria, paré mi deambular y alcé la vista. Vi, entonces, que estaba pasando delante de unos de esos establecimientos que con las tiendas asiáticas o de Chinos han hecho eterno agosto desde que España despertó del dorado sueño del cemento armado: las tiendas de Compro Oro. Que son pura progenie del diablo del Mal Gusto nadie debe dudarlo.

A ver que me aclare: ¿Qué es lo que se compra aquí?
Era este COMPRO ORO, sin menospreciar otros especímenes que abundan como granos en cara de adolescente por nuestro casco histórico, un regodeo continuo e impune en esa venenosa combinación de negro y amarillo que tanto caracteriza a estos establecimientos. Colores recurrentes aliados de una agobiante cartelería, que inunda las puertas, las ventanas, las paredes, todos los recovecos, en fin, de una interesante y antigua casa de tipo popular, una reliquia -algo demacrada ya- que aún queda en la zona. 

La miraba de arriba abajo, de abajo arriba, por todos lados, y no podía creerlo: para dar “realce” a esta “fina” cartelería, los endemoniados compradores de oro habían pintado de blanco la ya anteriormente desfigurada parte baja de este histórico edificio, dejando con su color albero la planta alta. El resultado del conjunto, que se agarra a la vista, es demoledor. Así que la diabólica moraleja de este engendro es obvia: que la piqueta no es la única que derrumba el Patrimonio jerezano.

En fin, que el febril COMPRO ORO ahí sigue, desgraciadamente para nuestra economía. Pero lo peor no es que dañe la vista e incumpla las normativas sobre ornato público. Lo peor es que, como pasó con el Palacio de Oro, (también de oro tenía que ser) y con tantos otros de tan mal encarada calaña estética, cuando cierre, que cerrará más pronto que tarde, sus fastuosos carteles de COMPRO ORO seguirán por mucho tiempo deslumbrado con un prometido Dorado que nunca existió. ¿Qué apostamos?



¿Quién dices que lo paga más caro?




Juan Antonio Moreno