jueves, 22 de noviembre de 2012

El ENGENDRO DE LA SEMANA: ANATEMA

Ay. ¿quién maneja mi barca, quién? (esta leyenda era inevitable).


Un Anatema. Esto es lo que como mínimo nos espera con la continuación del Engendro de la Semana que, con una de retraso, iniciamos con estas líneas. Afortunadamente en el Ponto, donde habitualmente residimos, los anatemas son excusables por superfluos. ¿Y qué mayor excusa para evitar la condena de Dios que la narración del verídico recorrido con otros raros e inauditos sucesos que tuve con el demonio del Mal Gusto? Una narración que no tiene otro objeto que identificar y poner sobre aviso de las diabluras de nuestro ángel caído en esta ciudad, uno de sus asilos más queridos y una de sus más fructíferas haciendas.


Admirado, pasmado, espantado y temblando salí del Palacio de Oro. A duras penas mis sentidos se recuperaban de esta experiencia extrema cuando, de repente, me vi volando por los aires junto al adefesio infernal que trataba de instruirme en sus impunes fechorías.  Subimos por Francos, torcimos hacia calle Chancillería, pero en llegando a la calle Porvera el Diablo paró súbitamente la aérea cabalgada. "Esta es la última de mis adquisiciones para vuestra ciudad"- miré, y lo que vi fue un nada disimulado letrero (vamos, que se veía a tres leguas). POLVILLO, rezaba su nombre. Con este sugerente nombre, POLVILLO, y después de la visita al Palacio de Oro concluí que este Demonio más que del Mal Gusto era el del Buen Gustazo. Mi gozo en un pozo; el establecimiento era de una cadena de alimentación. Recreándome en el rótulo no pude evitar que bailaran por el revoltillo que tenía por cabeza las sagradas palabras del PGOU. Palabras que, aunque sagradas, no conjuran a la corte endemoniada.


"los rótulos deben armonizar con la edificación y el entorno, sin menoscabar las cualidades de la arquitectura y el paisaje urbano en que se encuentren".




Poco se le escapa a un demonio y este, aunque del Mal Gusto, no lo era menos: leyendo mi pensamiento me consoló, a su manera, para que dejara de creer en el Buen Gobierno y, por supuesto, de esperar el polvillo de su pecunio: "Sí, incumplís las sagradas leyes que el de arriba le dio al venerable egipcio, que es para mí un PGOU". Y así, feliz en su impunidad, me dio un porrazo con el rabo para que dejara tan insanos pensamientos. Con el azote, un nuevo gorrión planeaba sobre los naranjos de la calle Larga. 

Alegremente surcábamos los aires jerezanos, hasta que tropezamos con la iglesia. Más concretamente con la iglesia Catedral. Entramos por la delirante escalera secreta. Ya dentro, y un poco mareado, el demonio me llevó en volandas por toda la nave. Por las bóvedas, entre las bancas, por la epístola, por el evangelio, por retablos que se esfumaban, por otros que se desmoronaban, por imágenes que olían a Titanlux..., el diablo estaba exultante en su eterna carcajada. Se sentía como en su casa, pese a ser la de Dios. Finamente, me situó delante de los dos bajorrelieves en bronce dedicados al obispo Bellido Caro, ese primer obispo de la diócesis jerezana que tuvo el infortunio de no haber muerto en la Florencia de Ghiberti o en la Roma de Bernini sino en el Jerez de los endemoniados. Con su garra de cernícalo lagartijero en mi hombro, como buen maestro, el diablo me soltó esta sabrosa parrafada que por su interés no puedo dejar de trascribir en su integridad:

"Aquí en Jerez, en el tema del Arte, hay muchos que prefieren acudir a los amigos palmeros antes que solicitar a las Musas. Así Jerez, que de tocar las palmas sabe un rato, se tiene por ciudad de artistas rematados de genuina y señorial ejecutoria, bien sea con un martillo en la mano, bien con un sombrerito de ala ancha y una bufanda de colores martirizándose unos a los otros con sus repetidas palabras, ya escritas, ya pronunciadas. O bien convirtiendo, digitalmente, lo amarillo en blanco y lo azul en gris para revelar los acostumbrados e insustanciales ya lo ví.
Con tan buen material cómo quieres que no tenga a Jerez tan bien sazonada a mi gusto como la tengo, discípulo mio". "Y el infierno lleno de los lamentos de estos infelices, maestro" - le replique.


 ¿Monseñor Bellido Caro...

...o, Han Solo petrificado?
Las laceradas palabras del demonio, junto a la espantada visión de los destemplados bronces, los estrafalarios monumentos exteriores y la huera contribución de los arquitectos del siglo XX haciendo desigual pugna con el sublime barroquismo de la Catedral acabaron desengañándome de que esto no tenía arreglo: en Jerez el demonio tenía mina para rato. 

En esto, terminó el horario de visitas. Salimos por el cancel persignándonos devotamente como beata después de misa.



Hasta la próxima, amigos.

Juan Antonio Moreno.