viernes, 19 de octubre de 2012

RUTA DE LAS PICTO-BASURAS: EL ARTE DE LA PINTURA, SEGÚN JEREZ

 Visitamos hoy un lugar privilegiado de la ciudad, un entorno particularmente valioso por su antigüedad,  belleza arquitectónica y categoría artística, por los palacios señoriales que se conservan y que aún permanecen milagrosamente de pie.

Y digo bien, milagrosamente, pues si bien lo anteriormente referido es, en gran parte, cierto, no deja de ser una verdad a medias, puesto que es uno de los lugares que más nos acercan a guerras como la de Bosnia, por citar algo reciente. También podría hablar de Constantinopla saqueada por los Templarios, dado el nivel de destrucción caníbal que presenta este entorno de la Plaza de Belén. 

 


El espacioso derribo que se oculta tras la valla nos permite observar la torre, chapitel falso incluido, del Convento del Carmen y, a su lado, ese nuevo hito de la modernidad que se alza a su izquierda, mientras que a su derecha, se advierten algunos de los edificios más feos de la ciudad, el antiguo de la ONCE y el Ambulatorio de la calle José Luis Díez.



Tras sortear esos "regalos callejeros" con que a diario nos obsequian los perros cuyos amos destacan por ser unos cafres irresponsables, nos adentramos en una de esas calles que serían míticas en una ciudad europea o incluso española, que no fuera Jerez.


La esquina ornamentada en letras rojas, es el Palacio de Campo-Real, maravillosamente cuidado por su propietario, Don Manuel Domecq Zurita. 

La enlucida en rosa ochentero, el palacio Dávila, una de las peores ideas del tándem Pacheco-Fustegueras, pues ya hemos hablado de la situación tremenda de degradación social en que se encuentra y la nefasta "rehabilitación"arquitectónica que se le hizo. 

Da igual, ambos se han visto inmersos en una nueva forma decorativa urbana que practican los muchos desocupados, bolizas y botelloneros de la ciudad. ¿o tal vez debo llamarlos "artistas parietales urbanos" para ser políticamente correcta?

 

Pasando bajo el nobilísimo balcón de esquina del citado Palacio Dávila, tan bien alhajado como vemos, nos adentramos por la calle Basurto, rumbo a la plaza del mismo nombre, donde vamos a dar a conocer una de las mas completas expresiones del Arte de la Pintura parietal que en esta ciudad han tenido su más auténtica expresión. Esto lo encontramos en el mes de Septiembre, y supongo que ningún troglodita habrá osado encalar esta "Calle Sixtina", pues tal nombre podrá otorgársele a las paredes que acogen esas hermosísimas obras. Tal vez algún galerista avisado, podría explotar este filón. Algún nuevo Basquiat podría salir de este barrio, tan soso hasta ahora, con tanta piedra y tanta cal: "que rollo, tío".


El arte de usar el propio nombre como motivo principal de una obra artística le da una nueva dimensión al conjunto plástico  que debemos analizar en toda su  profundidad, tal vez una muestra del vértigo que sacude al "yo" alienado por el consumo y la nuevas tecnologías y que busca reafirmarse y reencontrarse entre tanta vorágine. Pero igual podría pintar en las paredes de su casa, donde, tal vez, su madre no se lo permita.

Así que, tras desembocar en la plaza donde aún se conserva una fachada que pertenece a los años finales del siglo XV o principios del XVI, una de las mas antiguas de la ciudad, que hace ángulo con otro espléndido palacio del XVII, nos encontramos a esta panda de pintores callejeros que actúan con la impunidad total de quien deambula por unas calles por las cuales ni los jerezanos se deciden a pasar. Ni la policía, que está muy ocupada en la calle Larga.

Y, desde luego, tal y como está, ni falta que le hace a nadie ir por allí. Claro, que el resultado de tanto desinterés generalizado, es el que es.


Cualquier persona medianamente sensata sentiría   pena, por ver esta situación de nuestros mejores monumentos arquitectónicos, por tanto deterioro, tremenda suciedad, gamberrismo extremo llevado a cabo con plena impunidad, pues hasta ahora ninguna de estas conductas tienen en Jerez consecuencia legal alguna, ni aquí ni en ningún barrio de la ciudad, donde cada uno hace lo que le da la gana sin cortarse un pelo.

Pero el Casco Medieval es un terreno de nadie donde los vecinos que se mantienen allí, en algunos casos, son verdaderos héroes (Agustín y María en el Mercado,  y Pepe y Lola en la calle Justicia, por ejemplo).

Pero es que, además, se puede pasar miedo, por los personajes de toda condición, con los que te cruzas. Tal vez para los "guiris" sea todo muy pintoresco, pero para un ciudadano medio sensato, es un mal rato y un escándalo tremendo, porque este abandono, patente en toda la urbe, se haga aún más manifiesto en nuestros barrios más valiosos.

Ciertamente,  es esencial aplicar el PGOU estrictamente para proteger estos edificios, pero se impone un verdadero Plan de Regeneración Integral de estas zonas de las que tanto escribimos y hablamos.

No solo respecto a su arquitectura e infraestructuras, sino también  en sus aspectos sociales y económicos.
En la situación actual, parece imposible que alguien  con gusto por los barrios históricos y por las viviendas antiguas, pueda pensar en invertir para instalarse en la degradada zona, irremediablemente olvidada por unos políticos que sólo piensan en proyectos megalómanos y de imagen, deseosos de dejar su nombre en  placas de mármol, igual que estos gamberros lo dejan sobre las paredes.

Sabemos que ese plan existe, sabemos que lo han elaborado unos técnicos con interés en llevarlo a cabo, pues como vemos hay ciudadanos que han cuidado sus viviendas y resisten numantinamente, aunque aún sean pocos,  mereciendo ayuda y facilidades para permanecer allí.

Y es exigencia de muchos profesionales de la historia, arqueólogos (los del Ayunta-miento ya no, porque los echaron a la calle)
y de muchos otros ciudadanos, que esto se tome en serio, que esta regeneración sea prioritaria, porque nuestra Historia y nuestro Futuro, están en juego.
Y como final, se cierra esta entrada con una imagen de la calle Flores, bello nombre que responde a una leprosa vía  que desemboca en  dicha plaza de Basurto. 

Señora Alcaldesa, Señor Saldaña, Señor Pacheco y Señora Sánchez: ¿Os atreveríais a circular sin escolta por ella?

Esperanza de los Ríos