martes, 22 de enero de 2013

EL ENGENDRO DE LA SEMANA: EL EXTRAVAGANTE Y ENCARAMADO COLOQUIO DE LAS CASAS


Por aclamación popular continuamos con la sonámbula historia  del Engendro de la Semana, la entrada que sale cuando le da la gana.

Salimos de la abatida Catedral, lugar de regocijo del diablo de Mal Gusto y estrado del cual han salido y saldrán no pocos condenados a lo más profundo de las luciferinas cavernas donde penan los que pervierten las divinas proporciones y el decoro sacro. Junto al monumento a Juan Pablo II, el destartalado diablo, ahíto de tanto engendro, dio un oruto en toda mi cara. Su amortajado aliento me hizo perder la conciencia.

Cuando desperté del piadoso sueño -que para mí, después de lo que había visto y vivido desde que se me presentó el maldito diablo del Mal Gusto, lo era-, desperté a la pesadilla de la realidad. Callejeábamos por el demacrado barrio de San Miguel. Nos habíamos encaramados en una de sus calles, cuando el diablo se detuvo y exclamó con tono didáctico: “Ahora vas aprender como se desfigura un centro histórico”. Al oírlo me di un par de manotazos en la cara para ver si despertaba. El intento fue inútil.

“Para ello existen dos opciones: la primera es elegir una casa, si es palacio o casa de vecinos del XVIII mucho mejor. Se la vacía de personas y se la deja abandonada a su suerte”. “Suerte que será mala, por supuesto”- me dije para mí.

“Del Ayuntamiento no hay que preocuparse. No le importará un pimiento mientras tenga al corriente sus pagos de impuestos. Como bien sabes, los regidores municipales han sido y son mis alumnos más aventajados y fieles en esta tarea. A partir de ese momento entrarán por sus puertas y ventanas mis otros aliados: el Tiempo, que no deja piedra sobre piedra, y las bestias avecindadas o transeúntes. A esta podredumbre humana no les basta con sus pocilgas y zahúrdas particulares para hallar la satisfacción plena de vivir en la inmundicia y de inmediato colonizan, como gusanos, estos cuerpos muertos donde una vez habitaron los vivos y que después compraron otros más vivos. ¡Lástima que las bestias sean seres irracionales y no los pueda llevar a mis dominios, que buena cosecha haría con ellos!” 

“La otra no hace falta que me la digas, que bien la conozco”- le dije cortándole su magistral discursito, que se estaba haciendo ya algo pesado.

“Sí, esa es -me replicó- estás aprendiendo muy rápido. Pero esta segunda lección no la vas aprender de mí”. “¿De quién entonces, maestro?”. “Ummm, ¿todavía no sabes de lo que es capaz el lado oscuro?”- me dijo dando una de sus carcajadas. Unas insultantes carcajadas a las que le respondí haciéndole un chiste malo: “Supongo que hablas del lado oscuro sobre el que te sientas, ¿no?”. “Anda, déjate de gracias, que últimamente las almorranas me traen loco. Mira, o mejor, calla y, sobre todo, escucha”.

De pronto llegaron a mis oídos palabras que por bien conocidas no eran para mí menos que inauditas. Estaba asistiendo a aquello de lo que tanto había escuchado hablar a arquitectos y urbanistas y a algunos historiadores del arte entendidos: el Diálogo entre las Arquitecturas de un Centro Histórico.


Diálogo de arquitecturas en calle Encarmada







-   Amiga, te oigo hablar y sé que te hablo. ¡Esto es un milagro!

-  Milagro no, brujería, porque encima entendemos lo que nos decimos, pese a las madres que nos parió.

-  Pues, doy gracias de poder articular palabra y que tú me escuches porque llevaba tiempo queriendo preguntarte un par de cosillas.

-    Ah, ¿sí? ¿Cuáles?

-   Allá va la primera: ¿De dónde sacó tu propietario la idea de ese remate abalaustrado? ¿De algún olvidado tratado de arquitectura?

-    ¿Tratado? ¿ezo que es? No, se fijó en los guapos chalets de la barriada rural de las Tablas, en la ampliación de la venta de Cartuja y, por supuesto, en los diseños del ínclito y jerezanísimo Jaspes Torremocha.

-  Ah!, qué suerte tienes. A mi propietario le va lo moderno, digo, lo contemporáneo. Ya sabes, eso de cortar y pegar con el ordenador una casa que lo mismo te la ponen en el centro de Bremen, en la Moraleja o al lado de una casa del Jerez del siglo XVII, como es el caso de una servidora. El arquitecto que me engendró dice que soy una casa orgánica… Y yo no me veo diferente a otras de mi misma casta.

-    ¿Orgánica? ¿Y eso por qué?

-    No sé, palabrejas para camelar al personal. Porque aquí lo único que se cría es mojo.

-    No te quejes, amiga, que ese acabado metálico te da un aire modernísimo. Además tienes mucha luz, con esos grandes ventanales. Y, por supuesto, tienes la bendición del muy pontificio consejo de sabios de Urbanismo, siempre atento, no a hacer caja, sino a promover la arquitectura de vanguardia y de autor en los cascos antiguos. Si no fuera así, aún estaríamos en las cuevas…

-   Bueno, sí. Pero hace falta dos buenos aires acondicionados, que con tanta cristalera da un solazo de cojones y esto se recalienta que no veas. En fin, todo para que seamos civilizados europeos del Norte. Qué le vamos hacer, allí hace frío, pero están en la vanguardia de la Arquitectura desde principios del XX.  Baah…!, pero el arquitecto-fotocopia que me diseñó puede decir misa. Esto es Jerez: ¡Yo lo que quiero es un revestimiento de granito colorado o beige en mi fachada, que eso es lo que se lleva ahora!

Pues mi propietario se está pensando en darme un enfoscado colorado del granito ese y ponerme una decoración guapísima a juego. Ya ha pedido presupuesto.

Cuando estábamos a punto de saber el presupuesto que el albañil le había dado al propietario de la casa de la azotea con el pretil abalaustrado de Leroy Merlin, una voz profunda nos hizo girarnos hacia nuestras espaldas. “Dios mío, ¡qué Cruz!”, la frase retumbó por encima de nuestras cabezas. Era la torre de San Miguel, que, como vigía de Jerez, había estado atenta, como nosotros, a tan disparatado coloquio. Después, el silencio cayó a plomo sobre todo el barrio.


Juan A. Moreno